1. Vieux Bassin
Este puerto rectangular es el eje de la ciudad. Está rodeado de casas de pizarra que se reflejan perfectamente en el agua cuando no hay viento. Se hizo en el siglo XVII para ampliar el comercio, aunque hoy los mástiles son de barcos de recreo y yates más que de pesqueros. Dar la vuelta al muelle permite ver cómo cambia la arquitectura, con la Lieutenance vigilando la entrada y las fachadas altísimas de madera en el lado contrario.
Aquí es donde se junta todo el mundo, así que prepárate para ver mucha gente los fines de semana de verano. A primera hora la energía es otra: el agua está quieta, las terrazas cerradas y se oye el tintineo de los cabos contra los mástiles. Es el mejor momento para ver el puerto sin distracciones, fijándose en detalles como el suelo desigual o el desgaste de las compuertas.
Aunque muchos corren a los restaurantes, el planazo es sentarse en el borde de piedra con un bocata o un café a ver cómo cambia la luz. Es el sitio que no cuesta dinero y que nunca falla, sea la época que sea. De noche, las luces convierten los edificios de pizarra en una pared dorada sobre el agua negra, una imagen que apenas ha cambiado en siglos.