1. Basilica Cistern
La Cisterna Basílica está bajo tierra a unos pasos de Santa Sofía; mucha gente pasa por la entrada sin saber qué hay debajo. El emperador Justiniano la mandó construir en el 532 d.C. para abastecer de agua al Gran Palacio. Los bizantinos la llamaban Yerebatan Sarayı —el Palacio Hundido—, lo que explica bien la sensación al estar dentro.
Tiene 336 columnas de mármol en 12 filas que surgen del agua. La luz es tenue a propósito. El sonido rebota de forma extraña. El efecto total es menos el de un depósito de agua y más el de una catedral. Dos columnas descansan sobre cabezas de Medusa —una invertida, otra de lado— saqueadas de alguna estructura romana anterior. Nadie se pone de acuerdo sobre por qué están así.
En cuanto a atmósfera, no tiene competencia en Estambul. Ha salido en películas de James Bond y adaptaciones de Dan Brown, lo que ha aumentado las colas. Ve temprano o en la sesión nocturna (19:30–22:00) si quieres verla en su punto más inquietante.