1. Pont Valentré
Es el icono indiscutible de Cahors, un puente fortificado tan imponente que parece que todavía hoy podría frenar a un ejército. Se construyó en el siglo XIV con tres torres de defensa y seis arcos góticos sobre el río Lot. Es uno de los pocos puentes medievales fortificados que quedan en Europa y una obra maestra de la arquitectura militar. La piedra está gastada por el tiempo y el camino estrecho (ahora solo para peatones) te obliga a ir despacio y apreciar su diseño defensivo.
Dice la leyenda que el constructor hizo un pacto con el diablo para terminar la obra, una historia que se recuerda con un pequeño diablo esculpido agarrado a la torre central. Cruzarlo ofrece vistas distintas en cada paso: río arriba hacia las aguas calmadas, río abajo hacia la presa y arriba hacia los acantilados que rodean la ciudad. Es una estructura que impone; se hizo para intimidar y lo sigue haciendo.
No puedes decir que has estado en Cahors si no cruzas este puente. Está un poco al oeste del centro, así que hay que ir a propósito. Lo ideal es verlo dos veces: una para pisar los adoquines y otra desde la orilla o desde un barco para ver los arcos reflejados en el agua.