1. Cathédrale Saint-Front
Este edificio rompe con todo lo que esperas de una catedral francesa. En lugar de las agujas góticas habituales de París o Chartres, te topas con un grupo de cinco cúpulas bizantinas macizas que parecen traídas directamente de Estambul. Es una estructura extraña e imponente que domina el horizonte desde cualquier ángulo. El arquitecto que la restauró en el siglo XIX la usó después como modelo para el Sacré-Cœur de París, y el parecido es evidente en cuanto te pones bajo sus curvas de piedra blanca.
Por dentro, la escala resulta cavernosa y casi vacía comparada con la ornamentación exterior. La planta es de cruz griega, un espacio abierto inmenso donde el eco rebota con fuerza. Al recorrer Périgueux, usarás este monumento como brújula; se ve desde el río, las colinas y las callejuelas medievales de abajo. El interior puede resultar algo frío, así que lo mejor es rodear el perímetro por fuera para ver de cerca las gárgolas y el trabajo detallado en la piedra.
No te limites a mirarla desde la plaza; baja hasta el río para tener la vista de postal con las cúpulas reflejadas en el agua. Aquí no se trata de fervor religioso, sino de pura fuerza arquitectónica. Las calles de alrededor son estrechas y sombrías, lo que hace que la amplitud de la plaza de la catedral resulte todavía más dramática.