1. Brooklyn Bridge
Cuando se inauguró en 1883, era el puente colgante más largo del mundo, con 1.595 pies cruzando el East River entre Manhattan y Brooklyn. Es lo que tienes que ver en Nueva York si quieres entender la escala de la ambición del siglo XIX. John A. Roebling lo diseñó, pero murió antes de que empezaran las obras. Su hijo Washington tomó el mando, pero enfermó gravemente por trabajar en los cajones sumergidos bajo el agua. Su esposa, Emily Warren Roebling, tomó las riendas, aprendiendo ingeniería sobre la marcha y supervisando el proyecto durante más de una década. Tardaron trece años.
Cruzarlo a pie te sitúa a 127 pies sobre el agua, por una pasarela de madera que va por el centro, elevada sobre el tráfico de coches. Los arcos góticos de las torres son mucho más impactantes de cerca que en las fotos. Ves todo el bajo Manhattan a un lado y la costa de Brooklyn al otro. Es uno de los puntos principales de Nueva York que de verdad está a la altura de su fama, en parte porque te mueves por él, no solo lo miras. El puente es un monumento histórico nacional, pero sigue siendo una pieza de infraestructura que funciona y que, además, es preciosa.