1. Saint-Pierre Cathedral
Esta catedral es una mezcla de estilos, un registro físico de cómo han cambiado los gustos de la ciudad durante siete siglos. Verás una torre románica junto a una nave gótica y una capilla renacentista, creando un edificio que parece montado por piezas más que diseñado de una vez. Es enorme, domina el casco antiguo y se ve desde casi cualquier esquina.
Dentro, la tumba de San Vicente Ferrer atrae a peregrinos, lo que le da un aire de devoción real más allá del turismo histórico. El aire es frío y huele a piedra vieja y cera. No es la catedral más armoniosa de Francia, pero sus rarezas la hacen fascinante; puedes ver cómo evolucionaron las técnicas de construcción solo con ir de la entrada al altar.
Es el contrapunto serio al jaleo comercial de la cercana Place des Lices. Es uno de los puntos centrales de Vannes y se hace notar. Entra para huir de la lluvia o del ruido y busca la capilla circular en el lado norte: una sorpresa del Renacimiento italiano escondida en un caparazón gótico bretón.