1. Cathedral of Saint-Jean
Encajonada entre edificios antiguos al pie de la ciudadela, esta catedral no busca dominar el horizonte de forma tradicional. Su arquitectura mezcla épocas y tiene un diseño raro con dos coros opuestos —uno románico y otro gótico— que desorienta nada más entrar. Por dentro es más oscura y recogida que las grandes catedrales góticas del resto de Francia, y huele a incienso viejo y piedra húmeda.
La historia se nota en cada rincón, desde el altar circular del siglo XI conocido como la Rosa de Saint-Jean hasta las pinturas barrocas de las paredes. Es un punto tranquilo en la parte alta, que suelen saltarse los que van con prisa hacia la fortaleza. El hecho de no tener una plaza enorme delante aumenta esa sensación de lugar secreto, apartado del ajetreo comercial.
Si estás viendo los monumentos históricos de Besançon, este sitio es perfecto para refugiarse a la sombra después de subir la Grande Rue. Conecta directamente con el pasado romano a través de la Porte Noire, creando una línea temporal que va del imperio al obispado medieval en pocos metros.