1. Castillo de Santa Bárbara
Dominio es la única palabra para describir la relación de esta fortaleza con la ciudad de abajo. Situado sobre la roca pelada del monte Benacantil, no solo asoma a la bahía; impone la silueta de la ciudad. Recorrer las murallas es una lección de historia escrita en piedra, desde los cimientos árabes del siglo IX hasta las modificaciones renacentistas, pero el verdadero atractivo es la caída vertical y la extensión del Mediterráneo. Hace viento, estás expuesto y exige tu atención por completo, dándote una perspectiva de la trama urbana que no puedes conseguir desde la calle.
Subir a pie pone a prueba tu voluntad si eliges caminar, una cuesta empinada y abrasadora entre pinos que parece más larga de lo que es. La mayoría de los alicantinos pasan de heroicidades y usan el ascensor escondido en la roca frente a la playa del Postiguet, sobre todo en verano cuando el calor irradia de la piedra caliza. Una vez arriba, descubres los distintos niveles: el recinto más alto y antiguo, los cuarteles intermedios y los bastiones defensivos inferiores. Entre las atracciones de Alicante, esta es la que define físicamente la geografía urbana.
El atardecer cambia el color de la piedra de un blanco cegador a un dorado amoratado, y ahí es cuando la multitud desaparece. No vienes por las exposiciones del museo, que cumplen su función pero son áridas; subes para ver cómo se encienden las luces de la ciudad mientras el puerto se difumina en el crepúsculo. Es uno de los pocos sitios donde el ruido del tráfico desaparece por completo, sustituido por el chasquido de las banderas al viento.