1. Dalt Vila
La ciudad alta amurallada es la silueta que define la isla, un laberinto vertical de piedra que exige esfuerzo físico para recorrerlo. Al cruzar el enorme Portal de ses Taules, dejas atrás el ruido del puerto para subir por callejones que apenas han cambiado en siglos. Los adoquines están tan pulidos por millones de pies que la subida es una mezcla de asombro por la arquitectura y concentración para no resbalar.
La ropa tendida en los balcones convive con restaurantes con estrella Michelin, creando un roce entre la vida local y el turismo de lujo que resulta auténtico. A diferencia de otras ciudadelas mediterráneas demasiado retocadas, Dalt Vila se siente habitada y a ratos ruda. Encontrarás calles sin salida, gatos callejeros y vistas del mar que aparecen de golpe entre muros que se caen a trozos.
Como punto principal de la ciudad, atrae a muchísima gente, sobre todo al atardecer. Para apreciar de verdad la escala de los baluartes defensivos sin esquivar palos de selfie, prueba a caminar por el perímetro de las murallas en lugar de ir solo por la calle central que sube a la catedral. La acústica de los túneles de piedra y las plazas amplifica el sonido, por lo que la mañana temprano es el único momento para oír cómo respira la ciudad.