1. Les Ferreres Aqueduct
Los tarraconenses lo llaman el "Pont del Diable" y se levanta en un valle arbolado a unos cuatro kilómetros del centro. Este acueducto romano de dos niveles cruzaba un barranco para llevar agua fresca a la antigua ciudad y, a diferencia de muchas ruinas que están valladas, esta se puede tocar. Puedes —y deberías— cruzar caminando por el nivel superior, por donde antes fluía el agua. La altura asusta un poco y la falta de barandillas modernas hace que el paso se sienta bastante expuesto.
La estructura tiene 217 metros de largo y está construida con bloques de piedra enormes sin mortero, aguantando solo por física desde hace dos mil años. Alrededor del puente de piedra hay un bosque de pinos mediterráneos con senderos para caminar, lo que hace que la piedra brille con un naranja cálido contra el verde de los árboles a última hora de la tarde. Aquí el silencio es total, lejos del ruido del tráfico urbano.
Visitarlo requiere un viaje específico, no como los monumentos del centro, pero la recompensa es una conexión directa con la ingeniería romana. No hay entradas ni puertas. Solo estás tú, la piedra y el viento pasando entre los arcos.