1. Alcázar de los Reyes Cristianos
Muros de piedra y precisión militar definen esta fortaleza, que fue residencia de reyes católicos y más tarde sede de la Inquisición. Se entra por las torres defensivas, y subir a ellas permite ver el río y los tejados de la ciudad desde una posición estratégica. Las salas interiores son bastante austeras si se comparan con los detalles de la Mezquita, pero el Salón de los Mosaicos compensa esa sobriedad con enormes piezas romanas rescatadas de la Plaza de la Corredera, colgadas como tapices para que veas bien su complejidad geométrica.
La historia pesa en estos muros; aquí Colón le vendió su viaje a la reina Isabel y aquí estuvo preso Boabdil. La arquitectura es una mezcla sobria de restos visigodos y reconstrucción cristiana, sin los encajes de los sitios islámicos pero con una fuerza rotunda. Funciona como un monumento de transición entre el final del califato y la llegada de los cristianos.
Aunque aparece en todas las guías, el interior puede parecer algo vacío si esperas ver cámaras reales amuebladas. Lo que de verdad importa es el edificio y cómo se conecta con el exterior. Es el ancla de piedra para los jardines llenos de agua que se extienden detrás, y ayuda a entender el poder que dio forma a la ciudad durante siglos.