1. Cathedral of Pamplona
Al plantarte ante la fachada neoclásica, puede que te quedes un poco frío; parece más un juzgado o un banco que un gran templo religioso. No te dejes engañar. En cuanto cruzas la puerta, la arquitectura cambia radicalmente al gótico francés más puro, revelando un interior altísimo que parece estar a kilómetros de la pesada piedra exterior. Aquí descansa el sepulcro de alabastro de Carlos III de Navarra, una obra maestra de la escultura que pone cara a la historia real de la región.
Sin embargo, el motivo real para entrar es el claustro. Se considera uno de los mejores claustros góticos de Europa, un encaje delicado de arcos de piedra y tracerías que juega con las luces y las sombras. A diferencia de los interiores oscuros de muchas iglesias, este espacio se siente ligero y preciso. Es el contrapunto silencioso a la ciudad exterior y uno de los puntos con más peso de Pamplona para cualquiera que le guste el arte medieval.
La exposición 'Occidens' que hay junto a la catedral es sorprendentemente moderna, y usa la tecnología para contar la historia de Occidente sin ser aburrida ni académica. Te guía por diferentes épocas del complejo, desde la cillería románica hasta el campanario. Por cierto, la subida a la torre no es para tanto y ofrece una vista de los tejados rojos del casco antiguo que no verás desde ningún otro sitio.