1. Alcázar of Toledo
Esta fortaleza cuadrada se ve desde cualquier parte y marca el perfil de la ciudad con una presencia casi agresiva. Ha ardido y se ha reconstruido varias veces a lo largo de los siglos; la última tras el asedio de la Guerra Civil que lo convirtió en un símbolo del bando nacional. Hoy, su patio de piedra resulta sobrio e imponente, sin la decoración detallada de los edificios religiosos, pero su escala es masiva.
En el interior está el Museo del Ejército, que ocupa casi todo el espacio. Si no te va mucho la historia militar, el edificio funciona mejor como mirador que como museo. En la última planta está la biblioteca regional, un sitio tranquilo que sirve para desconectar de tanto pasillo de piedra. Es un edificio administrativo tanto como un monumento, así que no esperes el ambiente romántico de los palacios de Sevilla o Granada.
Casi todo el mundo usa el Alcázar como brújula para no perderse por el laberinto de calles de Toledo. Aunque por dentro puede resultar algo frío, las vistas desde la terraza son de las mejores de la ciudad, con el río Tajo rodeando la roca a tus pies. La subida desde la parte baja es dura, así que aprovecha las escaleras mecánicas que salen del parking si no quieres castigar las piernas.