1. Basílica de Santa María a Maior
Construida por el Gremio de Mareantes y no por el clero, esta basílica tiene un aire distinto al de una catedral corriente. Se levantó con el dinero de la sardina, lo que da una idea de la riqueza marinera del siglo XVI. La fachada occidental plateresca es lo que más llama la atención, tallada con un detalle que marea, llena de figuras y santos que te obligan a quedarte diez minutos solo para entender qué estás viendo.
Dentro, el ambiente cambia: del exterior recargado pasas a un espacio gótico de techos altos y bóvedas de crucería. Huele a cera vieja y a piedra húmeda, un olor que cualquiera que conozca Galicia reconocerá al instante. La nave es enorme, pensada para que cupiera todo el gremio, y la luz que entra es más suave que en las iglesias modernas. Domina el horizonte de la zona del antiguo puerto, como un faro de fe e historia.
A diferencia de muchos monumentos religiosos en Europa, este sigue siendo un centro comunitario vivo. Es uno de los puntos más importantes de la ciudad, pero no parece un museo congelado. Es igual de fácil cruzarse con alguien rezando que con un grupo de turistas.